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El otro día, en un curso de oratoria que impartí en una empresa, una de las alumnas tuvo un ataque de pánico escénico y me gustaría compartir con vosotros la experiencia y el origen del miedo a hablar en público.

Se levantó a hacer su presentación. No parecía muy nerviosa. Miró un momento por la ventana, respiró hondo y se puso frente a nosotros. Volvió a respirar y dijo: “No puedo. Mejor me siento.” Me pareció conveniente pedirle que intentara continuar, éramos solo cinco personas (seis con ella) y entre ellos había una buena relación; pensé que era un entorno tranquilo y protegido como para que se enfrentara a sus miedos. Empezó a hablar y aguantó un ratito, pero luego rompió a llorar. La animé a respirar hondo y a terminar su charla. Acabó como pudo y se sentó. Estaba muy afectada.

Al pedirle que nos contara cómo se sentía, comentó que estaba abrumada por haberse puesto a llorar, por haber “roto”.

Cuando les pregunté a los compañeros su opinión, todos dijeron que habían experimentado una gran empatía y que la entendían perfectamente puesto que se sentían identificados con el miedo. ellos también sentían los nervios cuando se levantaban y se ponían delante de los demás.

Éramos cinco mujeres y un hombre, y cuatro de nosotras no pudimos aguantar la emoción y la acompañamos también con nuestras lágrimas. No sé por qué se emocionaron las demás pero para mí fue la constatación de la potencia  de lo auténtico, con su vulnerabilidad y su fortaleza incluidas.

Poco antes de que le tocara presentar nos había contado cómo una profesora, cuando tenía 7 u 8 años, le había dicho con desprecio que el examen que tenía al día siguiente lo iba a suspender: “No lo vas a conseguir.” Había asegurado. Y así había sido; aquella niña que se enfrentaba a una audición en público había recibido de su maestra, como “regalo”, la sensación de incapacidad y un terrible miedo al fracaso.

Y es que muchos de nosotros acarreamos momentos en los que otros no nos han creído capaces o se han reído de nosotros o nos han mandado callar con frases hirientes del tipo: “calladito estás más guapo”.

En nuestra cultura, no solo no practicamos habilidades de comunicación oral, sino que además los juicios y las regañinas resultan muy castrantes, por eso desarrollamos el pánico escénico. Ser conscientes de su origen es una de las formas de superarlo.

En el origen del miedo a hablar en público está la excesiva presión que nos ponemos a nosotros mismos por las experiencias negativas que hemos vivido en el pasado y eso es una crueldad.

Piensa, ¿cómo hablarías a un hijo o a una persona a la que quieres si tiene que hacer una presentación? ¿Le dirías que le va a salir fatal? ¿Que es un inútil? Estoy segura de que no. Probablemente le animarías, le ayudarías a ver sus puntos fuertes y a prepararse bien. A veces parece que no nos queremos nada a nosotros mismos puesto que en nuestro diálogo interior nos repetimos que no vamos a ser capaces, que nos va a salir fatal.

Paradójicamente, de lo que nos iba a hablar la alumna cuando tuvo el ataque de pánico era de lo libre y capaz que se había sentido en su primer día de trabajo. Quizá el contraste con la crueldad de su profesora fue lo que provocó la angustia.

El incidente, nos hizo sentirnos a los seis unidos en un mismo trance. Lo que le sucedió a esa persona era de todos. Tratábamos de hacerle ver nuestra compresión y nuestro apoyo y ayudarle a comprender que todos sentimos miedo: unos al fracaso, otros a exponernos ante los demás, a la indiferencia, a la soledad o a la muerte. Y el miedo paraliza pero como explico en el curso AME Comunicar – Adiós Miedo Escénicose puede transformar en amor:

Amor por uno mismo: no te lo hagas pasar peor de lo necesario. Es una crueldad ser muy duro con uno mismo.

Amor por el mensaje: sea lo que sea lo que tengas que compartir con los demás forma parte del conocimiento, de las relaciones humanas y, por tanto, de este mundo en el que vivimos.

Y amor por los que están ahí para escucharte, para compartir, para aprender. Bríndales tu mensaje con amor y autenticidad.

¡Date permiso para no ser perfecto! Nadie lo es y resulta terriblemente frustrante intentarlo.

Cada día intento que mis cursos no se limiten a enseñar las técnicas de comunicación, sino que produzcan una verdadera transformación en los asistentes y esta persona nos hizo a todos un precioso regalo mostrándonos la belleza de la imperfección.

 

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